No había nada más grato que una plática con el abuelo “Lico”. Aquel que tenía un incontable número de historias y travesías por la vida, como aquella cuando, siendo un niño de primaria y ya ganándose la vida arreando chivas, tuvo que desafiar al diablo. ¡Sí! A ese mismo.
Y es que un día, varias de las chivas que Lico cuidaba y llevaba a pastar se le fueron a una vieja casona abandonada, donde se contaba la historia de dos hombres que se mataron a machetazos por el amor de una mujer. El abuelito Lico platicaba por horas, a gran detalle, cómo en ese lugar aún se podían apreciar las manchas secas de sangre de aquellos hombres que ahí murieron.
Aquel niño, oriundo de un pueblito conocido como Marabasco, Durango, moría de miedo por entrar a ese sitio, pero él sabía que tenía que sacar a las chivas a como diera lugar de esa casa, un lugar feo, viejo y maloliente.
Con el miedo que le paralizaba el cuerpo y una sensación de desesperación y frustración, ese “chiquillo” de ojos color aceituna, sacó valentía y entró a esa vieja vivienda, donde se valió de las fuerzas que solo el alma y la grandeza de un niño podían tener.
Condenó al mal y se aferró al bien, para finalmente, pese al miedo que lo inmovilizó por un momento, sacar una por una sus chivas, demostrando que el miedo era solo una ilusión y que, cuando uno cree en la grandeza de su alma, no existe demonio que pueda destruirnos; más que aquellos que dejamos que crezcan internamente.
Hoy solo puedo decir: Gracias, abuelito, por sus grandes anécdotas y lecciones de vida, ya que gracias a eso y más… en mí vive su fuerza y el aprendizaje de que el miedo o cualquier otro sentimiento no debe ser para debilitarnos, sino para tomar impulso. Un impulso que hoy, después de su muerte, sigue más vivo que nunca.
Y ustedes, ¿tienen alguna anécdota que me quieran compartir?