Jueves 19 de septiembre del año 2019
Son las 5:48 de la tarde en Denver, Colorado, mientras comienzo a escribir estas líneas sentada en el piso del aeropuerto de la ciudad. Frente a mí, está una ventana y, a mi lado, una mujer que murmura palabras en un idioma que no puedo entender, mientras toca con su dedo índice y observa detenidamente el grosor del vidrio que nos permite ver uno de los muchos aviones que hay por aquí. Ahora mismo espero mi vuelo rumbo a la ciudad de El Paso, Texas, para poder cruzar la frontera hacia México y ver a mi abuela, quien esta mañana estuvo en urgencias.
Pude haber llegado antes, pero a minutos de despegar, una sensación me invadió.
Sentada en el asiento 10A, justo al lado de la ventana, había puesto mi cinturón mientras escuchaba las instrucciones de la asistente de vuelo. Las puertas del avión se habían cerrado y… ¡de pronto! solo pensé en tocar el botón para pedir asistencia. La azafata se acercó a mí y con la desesperacion de sentir como si algo me quemara el pecho, le dije que quería bajarme, que no me sentía bien.
De inmediato notificó a los pilotos y, con toda la amabilidad, volvieron a abrir la puerta de la aeronave para que yo saliera. Me alejé de ahí, con vergüenza, con presión en el pecho, con las manos temblorosas, con latidos acelerados, con sensación de cansancio, con lágrimas que cubrían mi rostro, con debilidad, mareo, angustia y desesperación, sí, con todo eso, y sin tener claro el porqué.
Solo pensé en sentarme y llamar a mi mejor amigo para contarle lo que me acababa de suceder, pero como no pude parar de llorar, solo colgué. En ese momento, una mujer cuyo rostro no puedo recordar dejó sus cosas y, supongo, se dirigió al baño, ya que, al regresar, extendió su mano para darme papel higiénico. Ese gesto, se convirtió en uno de los más significativos que jamas había recibido de un desconocido.
Otro acto de amabilidad llegaría con el paramédico J. Baker, que registró mi alta presión y un ritmo cardiaco acelerado, y a quien le bastaron solo un par de minutos para darse cuenta de que estaba pasando por una crisis de ansiedad.
De nuevo, ¡aquí llegó! Me había vuelto a ocurrir, pero en esta ocasión, peor que nunca. El paramédico Baker me pidió que me enfocara en mi respiración y me preguntó si ya había padecido ansiedad. Por vergüenza, le dije que no, mientras él, pacientemente, se quedó conmigo hasta que este, el que se ha convertido en mi peor enemigo, se fue.
Intentaba que la crisis pasara cuando, a unos metros y a lo lejos, vagamente recuerdo al gerente de la aerolínea con la que había perdido mi vuelo acercándose hacia mí. Manuel, creo que era su nombre, ayudó a cambiar mi vuelo, el cual espero ahora mismo, y, por si no fuera suficiente, me dio un “váucher” para comida. Caminó conmigo para darme una botella de agua y, como si entendiera mejor que yo lo que me acababa de suceder, me dijo que, si volvía a sentir cualquier malestar, le informara de inmediato. Tengo que admitir que fui afortunada de encontrarme con personal tan gentil en esta situación.
Manuel se despidió, al mismo tiempo que comencé a deambular hasta llegar al segundo piso del aeropuerto. Ese caminar se me hizo eterno, pero fueron solo minutos después cuando me encontré ahí, sentada en medio de todo y, a la vez, de nada. Observaba a los niños correr, a las personas buscando sus vuelos, parejas sonrientes y otras no tanto, mientras me exigía entender lo que había pasado, aunque parecía muy pronto para encontrar respuestas.
Me cansé de pensar, así que me levanté, fui a comprar comida con el “váucher” que el gerente de la aerolínea me había dado. La verdad, comí, pero no por hambre, sino para mitigar esos pensamientos que daban vueltas una, otra y otra vez, junto con mi miedo, la presión y la vergüenza. Comí tan rápido como pude, igual de rápido como se acelera mi corazón cuando mi cuerpo siente el peligro…
He terminado y ahora debo avanzar hacia la estación A77; son las 6:40 p.m. y espero de nuevo mi vuelo hacia la ciudad de El Paso, Texas. Aquí, justo en este lugar donde ya no hay nadie a mi lado ni frente a mí. Aquí, donde anhelo que el frío que siento en mi pecho se disipe, para que la esperanza regrese, para que lo que amo no desaparezca y para que, en el camino, no me pierda de otro vuelo, de la vida misma, o de cualquier oportunidad, a causa de un trastorno que ha cambiado mi cuerpo, mi mente y espíritu.
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