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La Realidad de Diana y Milka en el Sistema de Salud

En esta historia hay una verdad que no admite discusión y una pregunta que resuena en cada rincón de México:

¿Es justo? ¿Es justo que tantas familias enfrenten un sistema de salud que no les respalda, que les obliga a luchar solas contra problemas que deberían resolverse de forma colectiva?

Ese es el dilema al que Diana se enfrenta cada día mientras cuida de su hija Milka. La parálisis cerebral múltiple severa que afecta a Milka no solo la limita físicamente; es un recordatorio constante de cómo un retraso médico cambió su vida para siempre.

“En el hospital se tardaron mucho para atenderme cuando nació Milka. Se estaba asfixiando”. Diana no me lo dice con rabia, sino con una resignación que duele escuchar.

Estamos en la pequeña sala de su casa en Ciudad Juárez. El espacio es sencillo, pero está lleno de calidez. Diana tiene a Milka a su lado, en una silla de ruedas. Me doy cuenta de que sus brazos, aunque pequeños y delgados, parecen siempre buscar a su mamá.

“Es como si ella me quisiera dar un beso”, dice Diana con una voz entrecortada y unos ojos que reflejan lo difícil de la situación.

La verdad incuestionable es esta: en Ciudad Juárez, como en muchas partes del país, el acceso a la salud depende del bolsillo. Y para Diana, lo que hay en el bolsillo no siempre alcanza.

“La neuróloga me cobra mil pesos por consulta”, explica mientras voltea a su lado izquierdo y le sonríe a Milka. “El Baclofen, el medicamento que necesita Milka, ahorita solo puedo conseguirlo en Estados Unidos. Sin eso, se me vuelve como una tablita”. Sus palabras no son una queja; son una declaración de lucha.

Mientras habla, me fijo en sus manos, que con fuerza sostienen a Milka. Son las mismas manos que venden en los mercados para mantener a su hija y las que, durante la pandemia, se quedaron sin actividad y sin ingresos.

“La pandemia me tiene detenida, al borde de la esperanza… pero también de la desesperación”.

Es imposible no notar la tensión en su rostro. Cada sonrisa que le dedica a Milka parece llevar consigo una mezcla de amor y preocupación. Su lucha, sin embargo, no es única. Decenas de madres de familia en la frontera que forman parte del grupo Chahitos de Amor comparten su angustia. No pueden llevar a sus hijos a terapias ni consultas porque no tienen seguro, porque no tienen dinero, porque simplemente el sistema no está hecho para ellas.

En México,  según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, 2020), el 4.9% de la población vive con alguna discapacidad. Para esas personas y sus familias, el sistema de salud pública ofrece poco más que promesas. Diana lo sabe bien.

“Todo es por falta de… pues por la economía”, dice con resignación.

Mientras, la sonrisa de Milka parece iluminar la habitación, como si no tuviera idea de las dificultades que su mamá enfrenta a diario.

“Ella es mi motor”, me dice Diana mientras le besa la mano a Milka.

Observando esto, ahí está de nuevo la pregunta, más viva que nunca: ¿Es justa esta situación?

¿Es justo que el rostro de Milka y la fortaleza de Diana sean un testimonio del poder del amor y de la resiliencia, pero además una evidencia de todo lo que, como sociedad, estamos fallando? Cada consulta que Diana no puede pagar, cada medicamento que no puede conseguir, cada terapia que Milka no recibe es una oportunidad perdida de hacer mejor las cosas.

Es seguro que el cambio no llegará de inmediato, pero las historias como la de Milka y Diana nos invitan a reflexionar sobre la sociedad que estamos construyendo.

¿Queremos un mundo donde las barreras económicas determinen quién recibe cuidado y quién no? ¿O podemos imaginar un sistema que, en lugar de ignorarlas, las acoja y les permita vivir con dignidad? Porque en esta historia hay una verdad indiscutible: el amor de Diana por Milka puede con casi todo. Pero el amor no debería ser tan difícil. No debería de ser parte de una lucha tan desigual.